UN PUÑADO DE MEMORIAS ESCATOLÓGICAS
¡Cuánto
me ha constado decidir a escribir en este recordatorio con referencias
sobre la mierda!… Ciudades perdidas, memorias ingenuamente románticas y,
de pronto, la mierda; fuerte, penetrante, incluida casi a la fuerza. ¿Qué valor narrativo puede tener?
La
mierda es un símbolo negro, casi un arquetipo de desprecio en acuerdo
universal, diría. La mierda representa todo lo que odiamos, todo lo que
despreciamos, todo lo que no queremos. Nuestro cuerpo la rechaza, la
expulsa y la evitamos con escrúpulos. Su olor horrible sólo es
comparable al de la putrefacción, en la básica repulsa que le despierta a
nuestros sentidos, diciéndonos en ambos casos "aléjate de aquí… ¡no te acerques! ¡Soy un foco de infecciones y enfermedades!". Nadie en su sano juicio, salvo los pervertidos, sentiría atracción por el excremento… ¿O no?
Pues
no: increíblemente, la repulsión por el excremento es algo aprendido,
pues experimentos realizados con niños de muy temprana edad a partir de
sustancias no tóxicas pero artificialmente dotadas del color, textura y
olor de las heces fecales, no despertó su rechazo ni impidió que
intentaran probarlas como alimentos.
La
mierda es aborrecible por cultura, entonces. El sólo hecho de tener que
evacuarla de nuestro cuerpo, es un acto horrible, íntimo en extremo,
que sonroja, molesta y nos hace desear no tener que hacerlo jamás.
Defecar nos recuerda lo materiales que somos; lo atados que estamos a la
materia orgánica y a sus leyes biológicas, y lo lejos que ha quedado
nuestro estado de alma pura, ajena a estas necesidades de la carne. La
misma mierda que nos mancha las nalgas incontroladamente en nuestros
primeros años de vida, nos las vuelve a ensuciar ya en el ocaso, en la
incontinencia de la vejez. La mierda nos acompaña siempre; a los ojos de
un ser divino, hasta fábricas de digestión podríamos parecerle. Nacemos
defecando meconio verde y morimos soltando un chorro de heces en el
esténtor final.
Además,
la mierda nos vuelve a todos lo mismo. Mejor dicho, nos reduce por
igual, democráticamente. Nadie, príncipe o mendigo, se ve distinto en
tan básico acto. Es por eso que se ha popularizado tanto en nuestro país
ese soez dicho “Al final igual cagas hediondo”, para frustrar los arribismos, las siutiquerías y los complejos de superioridad de cualquier tipo.
La
vida de algunos hombres se parece a la mierda, por cierto: tiene todas
sus características, todos sus calificativos y cualidades. No es casual
que la gente en períodos de depresión extrema llegue a perder incluso
hábitos de limpieza e higiene personal, pues se siente, literalmente, un
excremento. Vive en la mierda. ¿Quién no ha dicho al menos una vez en su existencia que su propia vida es una mierda?
El excremento se nos presenta a todos en algún momento: en el fracaso,
en los instantes de desdicha o en la traición, como víctimas o
victimarios. Nada es peor que ella; todo es mejor que la mierda. Sólo
los seres tan repulsivos como la misma caca disfrutan de ella y se
acercan como las moscas, cuya miserable vida es, también, una vida de mierda. La vida del miserable, del inferior, del parásito, del corrupto, del vicioso, es algo repulsivo y despreciable… Una mierda, en términos claros.
Es
fácil reconocer a aquel cuya vida en una mierda. Hasta las mismas
fecas, el excremento propiamente lo persiguen, lo acosan y lo
avergüenzan. Forman parte de él, o él es parte de ella; casi no importa.
Mosca o mierda, son igualmente detestables. Los borrachos se defecan
accidentalmente en los pantalones; los drogadictos no hacen menos,
especialmente lo terminales. Los enfermos mentales, como aquellos
víctimas de esquizofrenias graves, tienen la extraña tendencia a manchar
las paredes del lugar que habitan con sus propios excrementos, alegando
frecuentemente que con ello evitan que se acerque más gente a sus
guaridas. ¿Responden acaso a una misteriosa y primitiva llamada de
demarcación territorial? Algunas pandillas de barrios bajos de New York
tenían la cultural costumbre de orinar sobre sus víctimas de asaltos o
golpizas, casi como lo harían los animales salvajes… ¿Acaso es alguna
clase de impulso instintivo, contenido en nuestra artificialidad humana?
El
hombre atrapado en la mierda, que no siempre está consciente de ello,
también es fácil de reconocer por su lenguaje; por su dialecto. La
coprolalia, la genitalidad exagerada de sus expresiones, la tendencia a
la calumnia, el "pelambre", la vulgaridad de hecho y de fondo se vuelve
propia. Su boca es un recto que también expele caca. Transforma tanto su
comida como su propio aire en mierda; y su convivencia con el resto
queda dominada por los mismos hedores infecciosos. En el estadio, en las
protestas callejeras, entre la turba libidinosa que molesta a una
muchacha hermosa, el hombre-mierda aflora; aparece necesariamente.
La
mejor forma de evaluar la cultura de un pueblo es a través de su
relación con la mierda. ¿Se ha notado por ejemplo, el estado de los
baños de uso público en Chile? En cierta ocasión, supe que los miembros
"hermanos" de cierta religión protestante que salían a captar nuevos
reclutas, tenían la costumbre de solicitar permiso para pasar al baño de
cada una de las familias con las que tienen contacto. En una fugaz
mirada de las condiciones generales de esta habitación, se formaban un
rápido pero preciso perfil de la familia que lo ocupaba, de su nivel
cultural, educacional y económico.
El
baño es, entonces, un claro indicador del desarrollo social. Los baños
rayados, destruidos y hasta manchados con excrementos en las paredes son
típicos de sitios culturalmente paupérrimos, bien sea una hospedería o
una universidad, haciendo más horrible el ya incómodo acto de la
defecación. Nada se compara, por ejemplo, a los viejos y espantosos
baños del Estadio Nacional, enlozados compuestos de un simple agujero
con dos plataformas para colocar los pies y defecar en cuclillas, con
mierda chorreando en los muros y una laguna de orines sobre los que
chapotean los pies. Pasaron los años y seguían allí; nadie los cambiaba.
Como la propia caca, se negaban a desaparecer.
Hace
muchos años, tuve oportunidad de conversar con el encargado de la
instalación de las esculturas infantiles que hoy se encuentran en Plaza
Brasil, por ahí hacia 1992. Cuando me mostró las maquetas originales,
diseñadas por una prestigiosa artista chilena radicada en Europa, agregó
que todas las esculturas habían tenido que ser modificadas para que no
tuvieran cámaras interiores… "Por un asunto cultural –agregó explicando la decisión- serían usadas aquí como baños si las manteníamos con el diseño original". Tenía toda la razón.
El
baño es un purgatorio, en muchos aspectos. Las historias de mierda son
desagradables, pero tienen el toque humorístico de todas esas
narraciones que cuentan de hechos en los que no quisiéramos vernos
jamás. En la adolescencia con mis amigos, recuerdo que en las fiestas
cuyo dueño de casa nos desagradaba o tenía un trato inamistoso,
entrábamos a su baño, buscábamos alguna de las infaltables botellas
familiares de shampoo y la vaciábamos junto a la barra de jabón o
al jabón líquido en el interior del estanque agitando el agua, para
tapar luego el retrete arrojando en su interior en rollo de papel
higiénico. Nunca nos quedamos a ver lo que pasaba; huíamos al instante,
sabiendo lo que sucedería y disfrutando del placer de no estar en el
lugar ni en el momento en que alguna víctima tirara fatalmente la cadena
de esa trampa, rebalsando el retrete de espuma que brotaría por todos
sus costados, indetenible.
Ya
me había tocado comprobar esta tendencia fecal del comportamiento
nacional por mí mismo, en el Parque O’Higgins, en mis años de niñez, si
mal no recuerdo por ahí por 1983. Se instaló efímeramente, en aquel
entonces, una enorme construcción de madera al estilo de laberinto
gigante junto al Pueblito del Parque O’Higgins, rematado por una
fantástica torre espiral de altura que entonces me pareció
extraordinaria, de varios pisos. Sin embargo, cuando fuimos a verla, al
intentar llegar hasta la cima me fue imposible: literalmente, la mierda
acumulada progresivamente en cada piso no me dejó a mí ni a mis amigos
continuar con el ascenso. Incluso, comenzaron a estilar orines
peligrosamente cerca de nuestras cabezas cuando íbamos subiendo ya cerca
del final de las interminables vueltas del ascenso por la gran torre,
de algún puerco que expulsaba sus contenidos interiores más arriba.
Siempre he pensado que por esa misma razón el mismo complejo fue cerrado
poco después, y desarmado completamente. La mierda le ganó la batalla.
Diez
años pasarán… Era el verano de 1993. Habíamos atravesado en una pequeña
expedición toda la ciudad de Vicuña, de poniente a oriente, hasta
llegar a unos cerros en busca de un supuesto “avistamiento” de ovni que,
de haber sido cierto, no nos dejó ninguna generosa marca. No había una
sola gota de agua: sólo botellas de ese pisco que en la ciudad elquina
se vende a precios extraordinariamente bajos. En mitad del camino nos
detenemos en un pequeño negocio llamado "21 de Mayo", por ahí por Hierro
Viejo, donde se toca sólo música ranchera y la cerveza se toma tibia,
con suficiente espuma para afeitar a cada parroquiano. Mi amigo Pablo
viene con deseos de ocupar un baño desde hacer rato, y sus ojos casi
desorbitados alternan con súbitos y dolorosos retorcijones que me hacen
pensar lo cerca que está de defecarse en sus propios pantalones.
De
pronto, corre al fondo del negocio y, tras una breve consulta a su
dueño, se encierra tras una baja y casi inútil puerta; y se sienta sin
pensarlo en uno de los baños más asquerosos y vomitivos que he visto en
mi vida: una simple taza chorreada de mierda alguna vez líquida pero ya
seca por el paso de los meses o años, encostrada más bien, por todos sus
costados hasta el suelo. Sobre la puerta de la caseta, sólo veo su
gorro de visera roja, mientras emite gemidos de catarsis al liberarse de
su espantosa carga digestiva. Los demás lo miran y ríen. ¿No eras el
más pudoroso de todos nosotros, ganándote el mote de Señorito Pablo? ¡Mírate ahora, en medio de la mierda, la ajena y la tuya!

Era
un vaticinio. Ése fue nuestro año de mierda. Nuestras vidas se
parecerían más que nunca a la mierda. Alcohol, banalidad, bastante
irresponsabilidad. Aun así había pocos vicios duros. No podría describir
con precisión lo que ocurría. Era, simplemente, una año fatal. Todos
caímos en la alcantarilla, juntos, como siameses múltiples. Demasiados
amigos entre todos, quizás, como para esperar que unos estuviesen bien
parados mientras otros caían sin arrastrarlos.
Y
he ahí que tuve la oportunidad de comprender que el acoso de los
excrementos está siempre asociado al abuso y la autodestrucción: las
borracheras, fundamentalmente, como un doble castigo para el que se
denigra en el ahogo de la botella y la miseria de la ebriedad, como creo
que podré dejarlo demostrado pronto.
Fue
entonces que la miseria fecal tomó nuestra existencia. No podía ser de
otra forma. Las historias escatológicas comenzaron a perfilarse es esos
días, en aquel año extraño, largo, confuso. ¿Qué ocurrió entonces?;
hasta hoy me lo pregunto. ¿Simples depresiones? ¿Crisis existenciales?
¿Algo sin excusas valederas?… Pura y simple mierda.
Vuelvo
en mis recuerdos a 1993… ¡Dulce y agraz año de nuestras vidas! Tan
lejano, cuando lo miro desde acá. Algunos de mis actuales amigos y
conocidos ni siquiera nacían entonces.
Se
abrieron unos videojuegos relativamente cerca de nuestras respectivas
villas de avenida La Florida, junto a una gran antena, en un grupo de
locales comerciales por los que hoy, cuando paso, no puedo evitar
recordar con nostalgia todas las cosas allí ocurridas, todas las caras
que desfilaron alguna vez; lo bueno y lo malo. Varios de mis amigos del
grupo de entonces rotaron trabajando en la caja de dicho local, en donde
la radio tocaba rock pesado todo el día y llegaba a reunirse más
compadres de juegas que clientes, en un verdadero club. Los más audaces
llegaban en la mañana; otros, a la salida del colegio o de la
universidad. Todos allí, hasta la noche. ¡Cuántas amistades se formaron
en ese pequeño espacio!
Ahí
estaba entonces, rodeado de mis amigos, holgazaneando, con la
tranquilidad de ser un buen estudiante universitario a pesar del
desorden que comenzaba a apoderarse de mi vida.
Pero
estamos siendo testigos de cómo la lluvia de fecas comenzaba a
acosarnos, en ese mismo local; la escatología de la existencia.
El
baño era simplemente repulsivo e insoportable, a pesar de que nadie lo
ocupaba para defecar. Era como si un hedor proveniente de las entrañas
de la alcantarilla misma aflorara a través de él hasta el exterior,
provocando náuseas y hasta una multa del servicio de sanidad que llegó a
visitar el local en una inspección. Quienes tenían el valor de
ocuparlo, ni siquiera orinaban directamente sobre la taza del water,
sino que preferían apuntar el chorro de meados desde la puerta de la
caseta interior, como un metro y medio más lejos, hasta el centro del
retrete. Para peor, el estaque estaba siempre lleno de botellas o latas
de cervezas para que permanecieran heladas. Y el jefe del local no podía
ser más ad-hoc para toda esa mierda: un señor simpático, flaco y
mofletudo, pero que a partir de las tres de la tarde comenzaba a llegar
al local cada vez más pasado a trago, a vino más bien. Se llamaba
Antonio, pero no tardaron en rebautizado secretamente como don Tufonio.
Ese
local era nuestra guarida. Varios personajes llegaban a él como si lo
hicieran a una especie de casa de reunión, esperando la noche para
compartir un trago, o a veces ni siquiera resistían aguardar por la
complicidad de las horas oscuras. ¡Qué pésimo ejemplo para esos
clientes! En menos de un mes los videojuegos se habían convertido en una
taberna estridente y ruidosa, donde cada cual iba y colocaba su propia
cinta de música en la radio y en donde el que quería atendía la caja sin
importarle a nadie a quién le llegaran las remuneraciones por ese
trabajo. De vez en cuando aparecía algún "bienhechor" con una botella de
licor y nos la regalaba; otros se encerraban un rato con los locales en
el baño inmundo y, minutos más tarde, salían con las mejillas
enrojecidas y el aliento del alcohol en la boca. Vida de mierda, sin duda.
Los
extraños por allí eran pocos. Casi todos se conocían entre sí. Sin
embargo, había excepciones: un día llegó hasta allá un muchacho llamado
Danny, un típico ser acosado por la mierda y perteneciente a su mundo.
Todos lo despreciaban por su descarada tendencia a abusar de la
confianza y "bolsear" de lo lindo a los demás, ya sea cigarrillos,
cerveza, comida, o lo que sea. Constantemente repetía ser "pobre",
manejar pocos recursos y no disponer de mucho dinero, a pesar de poseer
la casa más espaciosa de todos los conocidos allí y ciertamente una de
las mejores situaciones económicas del grupo. Era para nosotros, por lo
tanto, una mierda: una cosa despreciable, eludible
necesariamente. Y tan asociado a la mierda estaba, que en una ocasión de
aquellas, antes que nos deshiciéramos de su molesta amistad, bebió ante
nosotros tanto, tanto licor de manzanilla barato que se defecó en sus
propios pantalones, según confesó más tarde ante las sospechas que nos
despertaba el olfato, ganándose ahora el apodo de Danny Diarrea. ¿De dónde salen estos engendros? Pues hasta hoy me lo pregunto.
El
mismo tipo también había llegado hasta el local de videojuegos, en una
oportunidad, portando una serie de frascos con muestras fecales, como
los de los exámenes para los laboratorios, sin saber explicar su origen o
destino. El excremento lo poseía en cuerpo y alma, parece.
Fue
así como en un arribo boliche de este ser miserable, pequeño, flaco,
escuálido como sólo él y de gruesos lentes que parecían ocultar algo más
que inspirar inocencia, fue tomada como algo patético e intolerable.
Mientras jugaba distraídamente en uno de los varios videojuegos, los
demás abrieron un grueso bolso que había traído consigo y dejado junto a
la caja, lleno de libros, cuadernos y ropa, y dieron vuelta en su
interior una botella de agua, el canasto de basura y cuanta mugre
encontraron... Santo remedio: nunca más se apareció.
En aquel entonces conocimos también a todo un personaje autoapodado Danko,
su chapa en la barra de un conocido club deportivo. Ya le habíamos
visto en varias oportunidades, pero sólo entonces hubo nexos amistosos
para con él y sus extraños amigos, como Matías, un punky que por
sus enormes ojos y su cabellera afilada semejaba mucho al personaje de
la caricatura de "Los Simpsons", el travieso Bart. Ambos eran seres
extraños, un tanto irresponsables, agresivos, pero por entonces
atrapados en su propia mierda, como todos allí. En realidad eran los más
claros ejemplos de los seres cuya vida se había vuelto mierda, horrible
mierda, acumulando autodestrucciones, algunas experiencias con drogas y
muchas otras cosas que, afortunadamente, siempre han estado lejos de mi
vida y de la de mis amigos más cercanos, aún en nuestro momento más
proclive a la vida de mierda, como en aquel año. Ellos también superaron
muy bien estas etapas oscuras, por suerte.
Tanto
tiempo pasaba yo entonces fuera de mi casa, que mi base alimenticia
varias veces era un miserable turrón diario. El callejeo era dominante.
Nunca olvidaré la vez en que Danko y Matías, estando en un viejo
potrero al fondo del recinto del Colegio de Lasalle, en donde se bebía
noches enteras bajo un solitario sauce, me pidieron un trozo de turrón
sin conseguir mascarlo, pues ambos tenían casualmente sus dientes tan
chuecos entre los frenillos metálicos, que no lograron romper el duro
dulce.
Danko,
a veces, parecía no tener pudores. Tenía una leve malformación en la
mandíbula inferior que corrigió en años posteriores, pero que por
entonces le daba un aspecto a su maxilar de no desarrollado, como
atrofiado, dándole a su rostro un aspecto curioso. Los dientes de la
mandíbula superior le caían sobre la boca, y aunque nunca se lo
pregunté, creo que esto le generó ciertos complejos que tapó con su
personalidad agresiva y problemática, que ocultaba la personalidad real
de un hombre muy positivo; defectuoso, pero bueno, con muchos rasgos
espirituales que pocos le conocimos directamente. Su falta de lo que
llamamos comúnmente "vergüenza" era quizás el resultado de la aceptación
de su casi fealdad, de su vida también manchada por la repulsión de la
mierda, del símbolo coprónimo del rechazo, del defecto y del desprecio.
Un día, en una de sus frecuentes borracheras antes de caer en la abstención total, Danko
nos contó de una oportunidad en que estando en una casa ajena, debió
ocupar urgentemente el baño de la casa. Según sus propias palabras,
defecó unas heces tan grandes y gruesas que el agua del estanque no
conseguía mover la más voluminosa de ellas. Tiró la cadena una y otra
vez sin lograr mandarla a la oscuridad de las cloacas y, ante el apuro
de salir sin dejar evidencia de su mierda, no se le ocurrió nada mejor
que tomar una bolsa de supermercado que encontró en el mismo baño, sacar
con sus propias manos el mojón, envolverlo en papel higiénico y
llevársela en el bolsillo dentro de la misma bolsa…
Es
increíble que alguien que tuvo pudores para no dejar tras sí su propia
mierda, no los haya tenido para esconder por siempre una historia como
aquella. Sin embargo, esto lo relató estando aún consciente de la
circulación de una leyenda urbana bastante parecida en su contenido
aunque no exactamente igual, pues el desenlace era que arrojan al
zurullo por la ventana. Él nos juraba y rejuraba que su anécdota era
cierta, y hasta nos rogaba credibilidad.
Este
tipo de aventuras sucias y excrementales abundan, y muchas forman parte
ya de esa misma mitología urbana. Sin embargo, los bochornos con la
mierda son frecuentes: se repiten a menudo y llegan a convertirse en
leyendas generalizadas de círculos familiares, amistosos y de
camaradería. Siempre recuerdo el caso de mi primo Seba, que por esa
misma época terminó llorando ebrio y sentado en una banca de la plaza
una noche, mientras otros le limpiaban los dibujos de su zapatilla con
un palito, sacando restos de la plasta de perro número siete que había
pisado accidentalmente desde esa misma mañana, mientras se lamentaba de
que una especie de maldición o maleficio había caído sobre él en tan
aciago día.
Uno
nunca cree que llegará a ser testigo del relato primario de una de
estas historias que después se convierten también en leyenda. O peor
todavía: en ser protagonista. Hasta oír la historia de Danko, lo
más fuerte que había escuchado sobre experiencias de mierda era de la de
un tipo que, luego de una fiesta y estando ya en casa de un amigo, se
vio en necesidad de partir con las manos un enorme mojón de su propiedad
que se negaba a abandonar el retrete, para que pudiera pasar por el
escape del mismo. Sin embargo, creo que la historia de Danko lo superó.
Koke,
otro gran amigo en común, sufrió una desagradable experiencia parecida,
de visita en una casa donde se realizaba una fiesta. Nadie le advirtió
del mal estado de un wáter y lo ocupó tranquilamente para defecar. Pero,
al tirar la cadena, comenzó a subir el agua y a caer por los costados.
Un poco bebido y desesperado con la escena, se arrojó por instinto sobre
la taza y la abrazó tratando de contener con los brazos el derrame de
sus propios excrementos. Finalmente, venciendo pudores, debió aceptar
que la madre de la anfitriona en aquella fiesta entrara al baño a
arreglar semejante calamidad.
No
fue su único encuentro cercano con la horripilante sustancia, por
cierto. Otra vez, cumpliendo con la regla de estar pasado de copas otra
vez para exponerse al acecho fecal, Koke se retiró de mi casa muy
emborrachado y acompañado de otros dos tipos que no estaban tanto mejor:
Leo y Pablo, este último el mismo de la aventura en la cantina "21 de
Mayo" del Elqui que mencionara en el texto anterior. Iba tan pasado mi
compadre que, en un tropiezo, cayó al suelo revolcándose sobre una
montaña de excrementos de perro. Pablo, al no advertir la amortiguación
natural que había tenido, corrió a socorrerlo y a levantarlo.
Conclusión: ambos terminaron embetunados en caca de perro.
Por
su lado, Matías era todo un caso de estudio antropológico. Tenía
intencionadamente un mal aspecto, era sumamente irresponsable, vicioso,
delgado como casi un adicto y, sin embargo, la gente que le conocía bien
lo quería. Veían o querían ver algo blanco en su existencia, manchada
de mierda como el más fino, perfumado y suave de los papeles higiénicos.
A pesar de todo, provenía de una familia relativamente acomodada, con
casa grande y piscina "de verdad". Era una típica y clásica oveja negra,
el hijo descarriado que aparece en las buenas familias de nuestros
días. Tenía una historia de lo más divertida entre sus propias memorias
escatológicas, que muchos otros confirmaron como cierta a pesar de que
también forma parte de otro cuento popular de la mitología urbana, mucho
más directamente coincidente que el caso de la aventura sanitaria de Danko. Que quede en el cielo saber si acaso es verdad o si era alguna fantasía de su parte.
Un
día más de aquellos, según él estando en casa de una amiga, Matías
entró a ocupar el baño de la casa. Ya que pasaba todo el día fuera de su
propio hogar no era raro que su vida transcurriera en otras
residencias, llegando a necesidades como aquella. Para tapar el olor del
acto biológico en que se hallaba, tomó un desodorante ambiental que
había encontrado en el mismo baño, y lo roció hacia el interior del
retrete entre sus propias piernas para contrarrestar algo del hedor. Al
notar que el desodorante ambiental no era suficiente, decía, encendió un
cigarrillo y comenzó a fumar sentado todavía en la taza, una técnica
muy popular entre los fumadores para esconder olores desagradables con
el del humo del tabaco. Sin embargo, nos aseguraba que luego de haber
rociado nuevamente desodorante entre sus piernas, intentó arrojar las
cenizas al agua del retrete produciendo una tremenda inflamación al
encender con la brasa del cigarrillo el gas del spray.
Si
esto suena a mentira hasta aquí, el resto ya debe ser derechamente
fábula: decía que se levantó corriendo y chillando por el baño con las
nalgas, calzoncillos y parte del pantalón encendidos, desesperado. Al
oír los gritos, la dueña de casa comenzó a golpear frenéticamente la
puerta del baño, para luego forzarla. Al descubrir a Matías girando como
trompo con los glúteos prendidos, la señora tomó una de las toallas y
habría comenzado a golpear con ellas sus nalgas hasta conseguir
apagárselas. Cerraba así el hecho más bochornoso de su vida, según sus
propias palabras, aunque dudosamente cierto.
Mi
amigo Juano también nos contaría otra de las historias más ridículas
que he escuchado con relación a la traicionera caca. Llegando un poco
bebido a su casa (como era frecuente en él esos días de juventud),
decidió ocupar un baño olvidando que el retrete estaba suelto de la
base, destornillado del suelo por un costado, por reparaciones. Sentado
en tan inestable trono, comenzó a sentir que este tambaleaba en su mareo
y, confundido, intentó afirmarse de sus propios bordes como su
estuviese sentado en la punta de un obelisco. Cayó así pesadamente al
piso, con retrete y todo. El agua mugrosa del water se le fue
encima y se metió por debajo de su camisa, mojándole toda la espalda.
Juano agregaba un detalle más: un mojón le había quedado atrapado en el
cuello… Así como suena.
El
calvario de mierda de Juano siempre fue el alcohol, que afortunadamente
también decidió controlar y dejar atrás con la madurez. Como se habrá
visto a lo largo de estas anécdotas, borrachera y escatología son una
mezcla desastrosa, pero varias veces se juntan. Se llaman entre sí… En
la jerga de los borrachos existe, de hecho, el concepto de atracarse el water, correspondiente a despertar con la caña mala de una noche de juerga con la cabeza metida en el retrete y vomitando. "Todos tienen que pasar por eso", decía Danko como si se tratara de un requisito de crecimiento en la vida. Personalmente, conozco algunos que no sólo se atracaron la taza, sino que se quedaron dormidos junto a ella. Dos, para ser más exacto.
Una
noche, también retirándose de mi casa luego de un asado y pasado de
vinos, Juano decidió pasar entre dos camiones estacionados camino a su
casa sin distinguir que una tapa del sistema de alcantarillado estaba
abierta en la oscuridad, justo por entre ellos. Cayó estrepitosamente y
quedando sumergido casi hasta el pecho (y eso que medía entonces casi un
metro 85) en aguas pútridas de excrementos fermentados… El trauma
provocado por el olor lo perturbó por varios meses más después de
semejante accidente…
Pero no sería lo peor que le sucedería a causa de sus vicios.
Un
día de 1999 le llamé a su celular; me contestó más borracho que nunca,
casi inconsciente, mientras caminaba por una vereda de avenida La
Florida. Al perecer lo desperté con mi llamado. Mientras caminaba, yo
intentaba convencerlo de que se marchara a su casa a dormir; él sin
embargo, repetía en un español apenas entendible que estaba pasando
frente a un banco y que lo estaban asaltando, según aseguraba
ver. Convencido de que se trataba de alucinaciones de borracho, le
insistí en que colgara y se marchara. Así lo haría. Sin embargo, a los
pocos días llegó su madre, su hermana pequeña y su cuñada a mi casa
preguntando angustias por él, desaparecido desde ese mismo día. Por más
de una semana no se supo de Juano ni respondía a los llamados, así que
lo estábamos dando hasta por muerto. Cuando se está borracho, muchas
veces se está indefenso, aun para un innato luchador de puños tan temido
como él.
Pasaron
los días... Llegó de pronto hasta mi casa apresurado a contar lo
ocurrido. Efectivamente, mientras él pasaba ebrio afuera de un banco del
sector, un grupo de maleantes lo asaltaba. Al salir los ladrones y ver a
mi amigo borracho hablando por celular (conmigo), los delincuentes
pensaron que estaba dando aviso a carabineros; se le arrojaron encima y
lo golpearon brutalmente, para luego lanzarlo ¡dentro de un tarro de
basura!… No pude evitar soltar una risotada cuando confesó esto; menos
aún cuando lo recuerdo arrojándose por sí mismo dentro de un contenedor
de basura frente a su propia casa para hacerse el gracioso, en una
ocasión en que lo llevamos en vehículo hasta su casa, estando -para
variar- muy pasado de copas.
Pero
su desgracia no terminó allí: cuando despertó de la paliza y de la
borrachera, estaba rodeado de carabineros que lo creyeron parte del
grupo de maleantes y se lo llevaron varios días detenido y amenazado con
ser procesado… La mierda le había ganado esta batalla, aunque la
experiencia fue tan tragicómica como beneficiosa, pues desde entonces
dio un notable paso al frente y decidió moderarse con el alcohol, por
fin.
Juano
era el último, quizás, atrapado en la mierda; en la memoria
horripilante de la mierda, de lo desagradable, de lo aborrecible, y lo
superó. Hace poco nos avisó de estar preparando un tratamiento para
dejar definitivamente ese culto a Baco que tantos problemas le trajo en
la vida. Danko, en tanto, se corrigió tomando la senda de la fe
evangélica, adoptando desde entonces una vida completamente sana y hasta
deportiva, al servicio de su religión; su rostro mejoró notablemente
luego de una compleja cirugía, de modo que su cuerpo también fue el
reflejo de los cambios que experimentó su alma. Y a Matías, ese muchacho
problemático que cayera tantas veces en cana por sus modales
agresivos y sus conductas desordenadas, lo encontré un día cualquiera en
un paradero de micros cercano a su casa; me costó reconocerlo, pues era
ya otro: un ser de bien, un ser limpio, superado a sí mismo… Había
derrotado también a la mierda.
Y
nosotros, esa generación de los años fecales en el encierro lúgubre de
videojuegos sazonados con alcohol… ¿Qué puedo decir de nosotros? Más
amigos y más unidos que entonces. Unos ingenieros, obreros,
trabajadores, cesantes... Bien o mal, aquí estamos todos.
La
mierda, ese arquetipo inmundo y deplorable, no logró apoderarse de
nuestras vidas. Supimos distinguir a tiempo lo gracioso de lo
aborrecible; y me resulta mejor vivir enfrentando el recuerdo de
aquellos años tormentosamente fecales, de errores reiterados y de faltas
a la compostura, que escondiéndolo y pretendiendo que bastaría con
tirar la cadena del estanque de la vida para suponer que nos deshacemos
de ella.
La
mierda siempre estará con nosotros… ¡Hasta nos acompañará a la tumba,
como consecuencia de lo que sea nuestra última cena! Mejor aprendamos a
vivir con ella, a reírnos de ella, a odiarla con la gracia y no con la
amargura. La vida es así… Una mierda.
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