DETRÁS DE LAS "TZANTZAS": EL VERDADERO Y SINIESTRO "CAZADOR DE CABEZAS"
La figura
abstracta del headhunter o “cazador de cabezas” se ha vuelto
popular en ciertos modelos del cine y de la literatura terror, aunque con
nombres varios; desde hace algunos años, además, se usa para señalar a los
cargos administrativos de grandes compañías donde se selecciona y recluta
personal bajo un procedimiento competitivo de búsqueda de talentos llamado
headhuntig, precisamente.
Otros
hablan aún del “cazador de cabezas” para referirse a asesinos
selectivos a contrata, o a buscadores de presas humanas por las que se
ofrecen recompensas de dudosa legitimidad, idea difundida especialmente por
las películas de Hollywood. Un lado más terrorífico para el “cazador de
cabezas” es explotado en filmes como “Depredador”; y en las canciones, el
mismo personaje y su oficio aparecen en temas como “Skulls” de los
Misfits o “Headhunter” de Front 242.
Sin
embargo, el verdadero “cazador de cabezas” fue un oscuro tipo de
criminales que aparecen aproximadamente desde 1850 en adelante, cuando
comenzó un comercio de cabezas humanas reducidas o tzantzas de los
indios shuar de la Amazonía ecuatoriana y peruana, impropiamente
llamados jíbaros. Aunque en el habla hispana se conocen desde el
siglo XIV con los exterminadores de moros, bandidos y herejes del Sur de
España (a los que les pagaban "por cabeza"), la temible figura del
"cazador de cabezas" se fomentó especialmente en el siglo XIX a raíz de
los hechos que aquí se comentan.

Si
bien estas piezas-amuletos hechos por cráneos o cabezas eran conocidas desde
tiempos inmemoriales y en distintas culturas (tal como las
cabezas-trofeos de la cultura Nazca, otros casos del África Negra o las
mencionadas de España), la espectacularidad de las cabezas reducidas o “de
bolsillo” de los jíbaros, generalmente hechas con enemigos vencidos, fueron
tan apetecidas por los coleccionistas que se estableció todo un contrabando
internacional de las mismas, especialmente ejecutado por viajeros,
exploradores y más tarde turistas europeos, especialmente en la época
victoriana. También hubo un tráfico hacia los Estados Unidos, después
declarado ilegal.
Como las
cabezas humanas en miniatura eran tan bien pagadas, algunos indígenas y
hasta campesinos amazónicos comenzaron el criminal negocio que parece llegar
a su apogeo hacia las últimas décadas del siglo XIX: aprovechando el nulo
imperio de la ley en sus territorios, cometían asesinatos y las cabezas de
sus víctimas las usaban para sostener una industria de producción de
tsantsas con el complejo procedimiento que incluía -entre otras cosas-
sacar el cráneo, hervir la piel con el pelo y luego llenarlo con gravilla o
arena caliente para que quedara reducida y convertida en miniatura, al que
se le cocían algunas cuerdas en los labios a modo de asas.
Los
asesinos que recurrían a esta sucia y horrible práctica eran llamados
“cazadores de cabezas” o headhunters, y eran la forma más
efectiva de proveerse de cabezas reales, en vista de que usar las robadas a
fallecidos en sus sepulturas era poco útil, por la necesidad de que el
material orgánico estuviera fresco al momento de iniciar el procedimiento de
reducción.
La
práctica del headhuntig en el Amazonas occidental causó cientos de
muertes violentas entre tribus y aldeas apartadas de la civilización; así,
los “cazadores de cabezas” llegaron a causar pavor en las sociedades
indígenas y campesinas del territorio, adquiriendo ribetes casi de leyenda
en el resto del mundo.
Hubo
muchos otros que hacían falsificaciones de estas cabezas, especialmente en
Colombia y Brasil; pero habiendo expertos en identificar las adulteraciones
y como falsificar una solía ser tanto o más difícil que hacerla de verdad,
el sangriento negocio se mantuvo hasta aproximadamente 1930, cuando
comenzaron las restricciones y, más tarde, las prohibiciones al comercio de
estas piezas. La venta de estas piezas ha seguido desde entonces, pero en su
inmensa medida se trata ya sólo de falsificaciones. Otros casos parecidos de
“cazadores de cabezas” se han dado en África, en Sumatra y en la
India, país este último donde la diosa Kali es representada -precisamente-
con collares de cráneos o cabezas. Pero la época de estas prácticas también
parece haber sido superada allá, por el tiempo y la civilización.
Así, la
época de las verdaderas y siniestras cabezas reducidas pudo haber pasado,
pero basta ver, por ejemplo, las escenas con la colección del personaje ficticio del
Gobernador Philip de la serie de TV “The Walking Dead”, para
comprender que la figura perturbadora del “cazador de cabezas” como
asesino serial que colecciona cráneos “trofeos” de víctimas en acuarios de
formalina o en guirnaldas colgantes de calaveras, sigue presente en la
cultura popular: la literatura, el cómic, la televisión y el cine, elevado
ya a la categoría de mito antológico.
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